David Reed

Press Release
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November 19th, 2011 / January 28th, 2012

The abstract paintings of David Reed are in uenced by various diverse artists: from the Pop art of Andy Warhol and Roy Lichtenstein to the Abstract Expressionist paintings of Newman and de Kooning. They also relate to photography and lm as do other abstract painters such as Gerhard Richter.

In Reed’s paintings there is no representational image. The relation to photography and lm is sensed instead through movement and light and the extreme formats, horizontals related to cinemaScope for example. Nor in his paintings is there the traditional trace of the brush directed by the hand in contact with the canvas. Instead we nd paint with an almost industrial, manufactured surface that brings a rational coldness with none of the melancholic pathos often associated with oil painting.

The color of the paintings is original and strong without using traditional harmonies and color combinations. The marked presence of strong post-industrial colors, almost phosphorescent, mixed with more popular colors from the industry of the fties, like green and pink of chewing gum, reinforces the industrial and impersonal nature of the color that, paradoxically, distinguishes his work and makes it unique.

Finally, the gesture. We can nd an insistant spiral, like a spool of lm, but it is not really a gesture, not made by the hand, but denies any impulse that was not previously calculated and precisely placed. It’s a tool that creates movement, depths of focus, and contrasts of light.
Once again, we see how David Reed deliberately and subtly avoids the emotions of abstract expressionism. To all this must be added the use of repetition, the frequent use of the same charges and structures remining 
of the game of variations, but not quite.

At the conceptual level, his attitude tends to be more implicit than explicit, but certainly it is as important as the formal aspect.


Undoubtedly, David Reed uses a pictorial language that it is very internalized from painting, reinterpreting it, he incorporates it, to result in a product “cold” and semi-industrial. But this is precisely what he pretends and links to his contemporaries, resulting perhaps more interesting to contextualize him not only with painting, but tridimentio- nal works and lm or photography ,Jonathan Lasker, Peter Halley, Ed Rusha, Sherry Levine or Charles Ray among others, and to later artists such as Jorge Pardo or Anselm Reyle.

A few moments of a dialogue between work and viewer, brings up shadows and lights, different windows rearrange the color and space, raising connotations at once contemporary and timeless , going into new areas and concepts spaces that take us away from the traditional perception of painting. Reed’s works vibrate also in architectural tension, and incorporates technological resouces such as screenings, advertising, lm or industrial design as we are constantly doing in our lives.The world reproducible force that we nd and replace that often beocomes more familiar than the original.

The repetition of certain canons ends up being something so real as variations of the same concept, an image of the same work or daylight at different times projected onto an object, in this case a work that appeals our perception, movement and the pass of time, orchestrating sequencies, David Reed breaks the curse of the monotony and trans- forms it into a rich and inexhaustible source. 

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La Galería Marta Cervera tiene el honor de presentar la primera exposición individual de David Reed en España.

 

Aunque las pinturas abstractas de David Reed denotan de forma clara algunas fuentes, desde el pop de Andy Warhol o Roy Lichestein a los informalistaabstractos, como B. Newman o W. De Kooning, así como Richter u otros artistas que incorporan la fotografía.

 

La realidad es que en sus obras pictóricas, la figura de la imagen fotográfica, se intuye pero no se encuentra, salvo por la sensación de imagen en movimiento y de luz y formato, que recuerda al cine. Tampoco existe el trazo tradicional del pincel dirigido por la mano en contacto con el lienzo, sino que nos encontramos con una pintura de factura casi industrial, que aporta cierta frialdad racional, en ausencia del pathos melancólico que de alguna forma se asocia con la pintura al óleo.

 

Por otro lado, el color, de gran calidad y originalidad, apenas recurre a las versiones clásicas. La acusada presencia de tonos fuertes post-industriales, casi fosforescentes, y de las mezclas y colores más populares en la industria de los años cincuenta, como el verde y el rosa chicle, viene a reforzar ese carácter industrial e impersonal que, paradójicamente, distingue e individualiza su obra.

 

Por último, el gesto: podríamos encontrarlo en esa insistente espiral o carrete, pero no acaba de ser realmente gestual, es como si no se hiciera con la mano, niega el verdadero gesto o cualquier impulso que no estuviera previamente calculado y puesto con precisión, lo que le convierte en una mera herramienta que crea movimiento, distintos planos y contrates de luz. Una vez más vemos que Reed se aleja sútil y deliberadamente del sentimiento expresionista.

 

A todo ello hay que añadir el empleo de la repetición, la utilización frecuente de los mismos cánones y estructuras que recuerdan el juego de las variaciones, pero que tampoco llegan a serlo.

En el aspecto conceptual, su actitud tiende a ser más implícita que explícita, aunque sin duda tan relevante como su forma.

 

Es indudable que David Reed utiliza un lenguaje pictórico que tiene muy interiorizado, reinterpretándolo, que incorpora resultando en un producto frío y semi-industrial. Pero esto es precisamente lo que más le vincula a sus contemporaneos: Jonathan Lasker, Peter Halley, Ed Ruscha, Sherry Levine, Charles Ray entre otros. O artistas posteriores como Jorge Pardo o Amseln Reyle.

 

A los pocos instantes de entablarse el diálogo entre la obra y el espectador, aparecen sombras y luces, distintas ventanas que reorgazanizan el color y el espacio, apareciendo connotaciones a la vez contemporaneas y atemporales, conceptos que nos alejan de la percepción tradicional de la pintura.

 

Las obras de Reed vibran con la arquitectura e incorporan recursos tecnológicos como pantallas, publicidad, cine o diseño industrial, ese mundo reproducible que a fuerza de sustituirlo nos resulta ya, a menudo, más familiar que el original.

 

La repetición de ciertos cánones acaba siendo tan real como las variaciones de un mismo concepto, una imagen de la misma obraconvirtiéndose en algo tan real y fecundo como las variaciones de un mismo concepto, de una imagen, de la misma obra o de la luz del día a distintas horas proyectada sobre un objeto, en este caso una obra que apela a nuestra percepción y al movimiento. Mediante una sabia orquestación de las repeticiones, David Reed rompe la maldición de la monotonía y la transforma en una nueva, rica e inagotable fuente.